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Autobiografía de Gurudeva Atulananda
II parte
En Chile también tuve la oportunidad de estar en lugares considerados
prestigiosos. Una vez estaba en la casa de mis abuelos en la playa, esas
casas de adobe antiguas grandes, grandísimas, de tres pisos, llenas de
cuartos, sótanos, con murciélagos en el entretecho, etc. Ahí se alojaban
también mis tíos y primos. Un día una tía me dijo: Mira qué bello todo esto
que Dios nos ha dado. Mira este sol, este mar, estas rocas, este aire...
¿cómo piensas dejar todo esto?
Yo pensé: pero nada de eso es Dios. Dios es más grande que todo eso. Eso es
sólo el engaño, es para que nos quedemos afuera, en el mundo del dolor y la
muerte. ¿Qué felicidad hay aquí? Yo veía que ellos no eran felices. Sabía
que los que buscaban la Verdad y entraban en sus éxtasis meditativos,
experimentaban una alegría mucho mayor de lo que ella me proponía. En
realidad yo no sabía ninguna filosofía, era un repudio intuitivo aunque no
permanente. Sentía que todo corría hacia la destrucción y que nadie hacía
nada para impedirlo.
Los cristianos piensan que Dios nos ha dado este mundo para que lo
disfrutemos. No sé de dónde sacan ese insulto a la capacidad de Dios. En
todas las escrituras Él dice que este mundo es un desastre, que vayamos a Su
hogar. Pero algunos de ellos dicen: "No, cuando Dios creó el mundo vio que
era algo bueno." Yo le pregunto a ellos: ¿bueno para qué? Ellos piensan que
bueno para disfrutar, porque eso es lo único que quieren hacer. Yo les digo:
No, es bueno para dejarlo y buscar una verdad superior. Él lo vio como un
buen obstáculo para superar. Como un buen 'cazabobos.' Debemos ser
cuidadosos. Mi intuición me ayudaba. No tenía filosofía. Estaba
frustrado.... felizmente.
A los dieciséis años, cuando vivíamos en Bélgica, compré mi primer libro de
hatha yoga, ese fue mi primer encuentro con esta ciencia trascendental. Me
maravillaba ver en ese pequeño libro cómo tenían tanto conocimiento del
cuerpo humano y de los efectos de cada postura. No era una simple gimnasia
destinada a desarrollar músculos o belleza física sino que pretendía ir
mucho más allá. De a poco fui descubriendo que el yoga era una gran ciencia,
mucho más profunda de lo que el común de la gente acostumbraba a suponer.
Ese conocimiento no podía provenir de una fuente humana, era demasiado
extenso, sutil y profundo. ¿Cómo podían saber de la existencia de los
chakras? ¿Cómo podían saber que por la simple respiración se podían
desarrollar tantas capacidades? ¿Cómo sabían de la existencia del prana del
cual hasta hoy los 'científicos' modernos no tienen idea? Esto eran sólo
algunas de las preguntas que me hacía, y estaba muy consciente de que sólo
estaba tratando con la parte más burda del yoga; esta era tan sólo la fase
preparatoria para la verdadera práctica, pero esto ya era tan elevado,
profundo y sutil, que dejaba a todos los libros del occidente en calidad de
literatura infantil. Un día decidí que debía destinar al menos diez años de
mi vida a conocer esta ciencia más a fondo.
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